Volando bajo el radar


Para Ginger
y la memoria de su mamá

Anoche estaba haciendo insomnio y se me ocurrió que con la misma energía y actitud podía hacer algo productivo, como zapping. En lo que el dedo me entró en piloto automático, de golpe solito paró en una película de guerra. Era de la segunda guerra mundial, en blanco y negro y había más tiroteo que en un baile de carnaval de las buenas épocas. "Con ésta me duermo seguro", me dije y me arrebujé entre las sábanas. Ah, sí: siempre quise escribir la palabra arrebujar.

A mí antes me dormían las reuniones sociales, después la calor y ahora ya ni puedo terminar un programa cualquiera sin que me venza el sueño. En este caso los japoneses doblados al portorriqueño me hicieron acordar a las matinés en la casa de mi abuela.

A las cuatro de la tarde arrancaba por la tele una película de tiros o de amor - cuando no una de Sandrini - y al rato nomás pasaba el heladero. Yo la sentaba a mi abuela y le proponía jugar al chinchón. Después, como quien no quiere la cosa prendía el aparato. Mi abuela terminaba por engancharse, y cuando del otro lado de la celosía gritaban "¡hay palito vasito bombón heladóoo!", casi siempre la cosa terminaba en "Romita, andá y comprá dos. Y que sean en vasito, para que no se chorren".

Con el sabor del mixto de frutilla y chocolate en la memoria, yo escuchaba tronar las metralletas de los americanos en algún lugar de un océano pacífico en blanco y negro y me iba cayendo en un pozo profundo, donde la pantalla se oscurecía y las balas cada vez eran menos. En ese lugar yo miraba para abajo y veía las luces de la ciudad, y más adelante las del cerro. El capitán del submarino americano preguntaba, a los gritos "¡Adónde ha desaparecido ese avión, alférez!" Y el muchacho le contestaba: "No lo sé capitán, seguramente vuela por debajo del radar".

Así que ahí iba yo, por debajo del radar, y más que volar, como nadando por encima de las calles y rincones de siempre. No tenía mucho control, y cada vez que me acercaba a un edificio rebotaba contra la pared, pero no me caía solamente por esos milagros de la aviación.

Estaba como inflada de helio, porque cada vez me iba más para arriba, tan arriba que no me daba miedo enredarme con los cables, y el cielo era tan suave y tan fragante que de golpe me ponía a llorar.

Abajo estaba mi abuela y mis amigas del barrio que me saludaban con la mano, como hormigas amistosas, la torre del correo, los bares de la terminal de ómnibus y los alaridos del capitán del submarino yanqui que puteaba por el corto alcance del radar.
Radar

"Ojalá morirse sea ésto" me escuché decir y me desperté transpirada.

- ¿Morirme? - me dije en voz bien alta en medio de la noche. - ¡Já que me voy a morir! ¡Me van a tener que venir a buscar y no pienso abrirles la puerta!

Y me quise arrebujar de nuevo entre las sábanas pero la palabra esta vez no sonó tan bonita, me quedé sin sueño y en la película, justo en ese momento, lo masacraban al japonés.

Salí al balcón. Corría una brisa agradable que te invitaba a respirar el olor de flores lejanas y desconocidas, esas que crecen más allá de la montaña, más alto que el reloj del correo y brillan tenues como los bares del amanecer.

Levanté la mano y saludé para arriba como una hormiga amistosa, porque nunca se sabe, a esas horas de la madrugada, quién pasa como nadando por el cielo encima tuyo, y es invisible porque aún es de noche y vuela muy por debajo del radar.