Sueños de locomoción


- Y no me acuerdo qué más - me revuelvo en el sillón. Es increible cómo encogen en estos últimos tiempos. - Pero el sueño terminaba con la araña del comedor llena de lapiceras colgando.

- ¿Y eso qué le dice a usted, Romualda? - pregunta el doctor Robinson la mar de inquisitivo.

- Que pierdo muchas lapiceras - ¿me pinté las uñas antes de salir esta mañana? no recuerdo. - Compro de a dos, pierdo de a dos.

- ¿ Y la araña del comedor?

- Bien, gracias, pero si no le desenrosco un par de focos, la boleta de la luz me come viva.

El doctor Robinson cruza los dedos, apoya las manos en la punta de la nariz, frunce el entrecejo y entrecierra los ojos como para salir en la foto del "analista del mes". Hace silencio y me mira mientras el tiempo de la sesión se va para no volver. Listo: seguro que le dedican la tapa de la revista y todo.

- ¿Y, doc? - no, no recuerdo haberme siquiera pasado el quitaesmaltes. - ¿No me va a preguntar nada?

- ¿Qué pregunta está esperando que le haga, Romualda?

- No sé, doctor - las paredes del consultorio tienen reproducciones de unos cuadros que mamita querida. De esos que te preguntan "¿Qué cree usted que quiero decir, Romualda?" - Por qué no me canso de pagarle a usted para que las preguntas las termine haciendo yo, por ejemplo.

- ¿Y usted qué cree, Romualda? - El doctor Robinson da vuelta la hoja de su anotador y escribe un par de palabras con su lapicera de pluma. cómo me gustaría ser mosca para leer lo que puso, pero más que nada para volarle alrededor de la nariz - ¿Por qué no se hace ese cuestionamiento?

- Porque hoy es un día especial, doctor.

Yo no sé los consultorios de otros psicoanalistas, pero éste es una mezcla de rectoría de colegio pago, con sala de espera al limbo. Una cosa que se supone que sea neutra, pero ya se sabe que la neutralidad es la madre del aburrimiento, así que yo cada vez que entro bostezo y se me traba la cervical.

- ¿Sí? A ver, cuénteme.

El doctor Robinson se pone en posición de largada, apresta la mano con la pluma sobre el anotador y me mira como esperando la revelación que le permita un artículo para la revista de la que ya es tapa.

- Nada del otro mundo, doc. Me compré un auto.

- ¡Pero Romualda, la felicito! - se le ponen los ojos Simpson - ¡Como que nada del otro mundo! ¡Ese es un logro importante!

- Sí... no sé.

Hasta el silencio que se hace de tanto en tanto en esta habitación es una cosa medio rara. Como un animal incómodo que te empuja a no sabés dónde. Algo que si uno pudiera identificar dónde se esconde, lo bajarías de un castañazo.

- Es que con esto de poner el emprendimiento con mi socia, estuve revisando mi historia - lo miro: el muy zorro empieza a anotar - y sobre todo mis cuentas.

El doctor Robinson para de escribir y no me mira.

- Y estuve haciendo cálculos, doctor - me acomodo en el sillón, cómoda casi que por primera vez. - Hice memoria y balance de cada una de las dos veces por semana que lo vengo viendo desde hace ya ni me acuerdo cuántos talles.

El tipo hace como que anota, pero me juego la cabeza a que está dibujando barquitos o cosas así, que lo lleven lejos de la conversación.

- Y entre pitos y flautas, "a usted qué le parece" y "cómo lo ve Romualda", con esta sesión estaría terminando de pagar la última cuota de un auto nuevo.

Se da vuelta como para empezar a hablar, pero lo atajo con la mirada número seis.

- Déjeme terminar, que para hablar es que se inventaron estas horas raras suyas de cincuenta minutos.

Se encoge en el sillón, de golpe desarmado.

- Y no será gran cosa este autito nuevo, pero chico y todo sería rojo, poco ruidoso, confiable, y hasta me llevaría de paseo al pie del cerro.

Vuelve a sumergirse en el anotador, seguramente llevando su barquito a un puerto seguro, a un país lejano donde los lugareños no hayan oído jamás hablar de los reducidores de cabeza.
Dóctor Froid

- Yo me imagino sentada al volante de ese autito, doctor, con la ventanilla baja, escuchando algún cedé armado por mi nene, el viento que me despeina y no me importa, y llegando al pie del cerro o a los bares de la zona verde.

Los habitantes del pueblo del anotador no tardan en descubir las verdaderas intenciones del doctor Robinson, y no pasa demasiado tiempo hasta que deba huir a las montañas casi que con lo puesto. Yo lo miro desde el auto y lo saludo con una sonrisa de oreja a oreja.

- Y sobre todo, doc, me llevara donde me llevara ese autito, estoy seguro que siempre iba a ser más lejos que este sillón, que ni siquiera termina de acostumbrarse a que las personas cambian y las formas del cuerpo se vuelven contundentes.

Me mira con unos ojitos de chico abandonado por la madre en su primer día de colegio y suspira desde lo hondo de la caverna en la supone que los lugareños del anotador no van a encontrarlo.

- Gracias por la escucha, doctor, y por las pastillas para dormir - me levanto y le extiendo la mano. - Pero no hay caramelo medicinal que te devuelva el tiempo perdido.

Salgo a la calle para ver cómo las nubes se despejan y la lluvia de estos últimos días cesa. Respiro una bocanada grande, una que no me entre en el pecho, que ya de por sí es importante. Y así, soltando de a poquito ese aire desconocido me encamino hacia la zona comercial. Necesito un par de lapiceras y un esmalte de uñas nuevo. Alguno de un color que nunca haya tenido.