- Buenas, ¿usted es la que corrige textos?
- Depende ¿usted es de la RAE?
- No, mire: a mí una amiga me dio su teléfono porque dice que usted le mejoró unos escritos y la hizo quedar muy bien en su trabajo. Me gustaría encontrarme con usted, porque tengo unas cartas que necesito que me mire. Cartas de correo. Necesito que les eche una ojeada antes de mandarlas. ¿Puede ser? ¿Le parece a eso de las seis de la tarde en Perigardé?
- A las seis en Perigardé.
A continuación, el desenlace. (En cualquier momento me contrata la FOX)
Llegué a las seis a la esquina de Perigardé y no había nadie. Estuve un buen rato parada juntando presión y por no pasar no pasaba ni el tiempo. Me crucé a un bar que hay en diagonal y me senté en la mesa de la ventana. Cuando apareciera el coso éste de las cartas me iba a escuchar un par de razones por las cuales no se deja a una mujer plantada.
Así me lo dije: "a una mujer". No "a una señora". A una mujer. Y también me dije: "Ay, Romita, que jodida que estás".
En lo que me di vuelta para llamar al mozo - que también brillaba por su ausencia - sentí un ruido en la silla de enfrente.
- Perdone la tardanza, le pido mil disculpas - la voz salía de la misma profundidad que en el teléfono, pero la cara se le había quedado unos cuantos años atrás. - El taxista se metió mal y me dejó en cualquier parte.
Me quedé muda, y ya es decir. Enfrente tenía un chico un poco más grande que mi hijo, algo más alto y con la misma turbación que un pavo cuando ve que se acercan las fiestas.
- Nene ¿vos sos el de las cartas para corregir?
Se acomodó los lentes, y en lo que se acomodó los lentes se le cayó la campera del respaldo de la silla. Se agachó rápido a recoger la campera y se le vino abajo la mochila. De tan desastroso ya era una ternura.
- Deje, deje - me atajó cuando hice el gesto de ayudarlo a acomodar las cosas. - Gracias, pero no se moleste. Me pasa a cada rato; ya tengo anticuerpos.
Llamó al mozo y pidió un cortado. Me señaló y dijo " y para ella..." dejándome abierta la frase para que yo la completara. Dijo "para ella", no "para la señora", y yo me dije "Romualda, estás demente". Después sacó de la mochila una carpeta de esas de manila, con elásticos en las puntas, la apoyó sobre la mesa, apoyó los brazos encima y cerró las manos con fuerza, como para que no se la quitara.
- Pero a ver -me crucé de brazos y de entrecejo - ¿Me vas a hacer venir hasta acá para empezar con la pavada?
- Yo sé que es una estupidez pero me da verguenza - y lo dijo rapidito y de corrido como si fuera una contraseña o una sentencia.
Estuvimos un buen rato así, como midiéndonos. Yo tratando de fulminarlo con la mirada número 4 y él aferrado a sus palabras secretas.
- Está bien - exhaló mientras tiraba la toalla. - Tome y opine lo que quiera. Pero si te reís te juro que me levanto y me voy.
No esperaba que se me acercase en medio de una frase. Tome y opine; "si te reís". No "Si se ríe". Si te reís. ¡No te rías, Romualda y dejá de transpirar!
Agarré la carpeta con el respeto que merecía el tuteo arrebatado de un jovencito iracundo, tratando de esconder que me temblaba la nuca desde la punta de los dedos. Adentro había un block de papel de carta de esos que usaban mis padres y varios sobres de hilo. En ambos casos los textos bordados a pluma y una caligrafía arrancada a horas de dedicación. Agarré la primera y empecé a leer.
Eran cartas de amor.

La tarde se achicó o se retiró sin hacer ruido, no lo sé. Cuando levanté la vista del último de los borradores tenía el cuello endurecido, los ojos como con mucha lubricación y la boca con menos palabras que ganas de decirle algo.
- Son preciosas.
- Son una porquería. Así como están no se las puedo mandar. Voy a quedar como un estúpido.
Tenía el cuerpo duro y contraído sobre la mesa y le temblaban las pupilas como a un dibujo animado japonés. Me daban muchas ganas de abrazarlo y lo hubiera hecho en ese bar de una sola mesa ocupada, si no me hubiera dado tanto miedo abrazarlo ahí, en ese lugar donde estábamos solos y un hombrecito me habia tuteado con tanto desparpajo.
- Vos sos la que decís que hombres no hay ¿no? - me leyó la mente desde el subsuelo de su tristeza. - Sí, no hace falta que me mires así: buscando cómo contactarte encontré tu página.
Al fondo del bar el encargado empezó a acomodar las sillas sobre las mesas. Afuera, la noche daba sus primeros bostezos.
- Bueno, corregime los textos y haceme quedar bien - En ese momento nuestras miradas se cruzaron y tomé una decisión que todavía no sabía que estaba tomando. - Como si yo fuera uno de esos hombres que no hay.
- No sabés lo que me estás diciendo - murmuré ni siquiera para mí, mientras hacía señas al mozo, aún sabiendo que no me iban a dejar pagar.
Efectivamente, no me dejó pagar. Salimos a la brisa de la noche y comenzamos a caminar por una zona que la ciudad había abandonado a los recuerdos.
- ¿Me vas a ayudar?
Sin siquiera ponernos de acuerdo empezamos a caminar para el mismo lado.
- Primero me contás sobre vos - me acomodé el pelo como si no me lo acomodara y reduje el paso al ritmo de sus pisadas, tratando de que no se diera cuenta. - Siempre quise conocer a un caballero.
| Romualda, Domingo 08 de Junio de 2008 |