- Que me caiga muerto acá, doña Romu - el kiosquero susurra con el tono ese de la guerra fría. - Y que usted me quede debiendo la cuenta del mes si le miento.
- No se haga el loco que el mes pasado me quiso encasquetar una revista de pesca en medio del montón -Le aplico la mirada número tres para que vea que yo también me pongo conspirativa si viene al caso. - No sé, no sé. Para mí que usted está viendo demasiado cable.
- ¡No me lo nombre, haga el favor! - se persigna y toca un ramilletito de ajo de yeso que tiene imantado al lado del InfoBae. - ¡No me va a comparar ese invento del diablo con el estilo de la prensa escrita! ¡Si yo sabía que iba a estar peleando el mango contra la tele, en vez de hacer judo cuando era chico agarraba y dinamitaba un canal!
- Vos andás en algo, ¿no? - Clarita me disecciona con la mirada como si fuera la rana de biología - Porque si no, no se explica.
- Ah. sí. Yo me paso al té - aspiro una tremenda cantidad de olor a té de frutos rojos que compré en una feria artesanal - esto debe tener un gusto a gloria o por lo menos a infancia con tías.
- Dale, decime un nombre, algo - Me insiste tanto Clarita, que parece que se va a infartar - Tirame una pista, un color de pelo, altura... ¡No seás guacha!
Tengo una amiga que me llama por teléfono y se larga a llorar. No importa cuál sea el tema, ella me llora.
Bah, llorar en este caso es un diminutivo de algo que no sé si queda más cerca del desgarro o del papelón.
La gente cree que yo me quejo y que tengo mala onda. ¡Ja! Eso porque no conocen a mi amiga, la que me habla para llorar.
Como ponen en la serie donde actúa el rubio ese que está para untar Criollitas, el siguiente diálogo se desarrolla entre el piso 4 y la planta baja del edificio.
El departamento de al lado del mío estuvo vacío un rato largo. No me había dado cuenta que me acostumbré al silencio y a la tranquilidad, hasta esta semana, que se mudó la nueva vecina.
Ayer sonó el portero en medio que me estaba volviendo a dormir. Me levanté en piloto automático, y con la voz hecha un revoltijo y la cabeza un nido de caranchos primero atendí y después apreté para que abrieran la puerta.
Y todo en medio de la duermevela esa maldita en la que después no te acordás de nada.
Pero cuando abrí la puerta, me desperté de golpe: el hijo del sodero con una flor en la mano me miraba como me mira el flan cuando abro la heladera.
Hoy me suena el portero en esa forma que yo ya sé, así que preparé el balde con agua en el balcón, por si las moscas, me armé de paciencia y atendí.
-Sí, diga.
- ... Acá es... ¿Romualda?
La voz parecía pero no era.
- Sí, ¿que acaso le agarró la amnesia de las telenovelas?
La última vez que compartí una mesa familiar como objeto de curiosidad ajena fue en la adolescencia, un día que agarré las tijeras de mi mamá y me dejé la cabeza en crenchas, por un tema que no viene al caso el día de hoy.
Pero de adulta nunca. Ni cuando me embutía en lamé para algún casamiento, o cuando agarro viaje y me prendo en una discusión.
Así que al asadito éste famoso que organizó mi hermano para que toda la satrapía chusmeara sobre Bruno ingresé con un presentimiento fulero.
Y como las gordas saben por gordas pero más saben por viejas, comprobé en carne propia que no me equivoqué.
- Mirá, es poco, pero es lo que hay - me acerca Tico una llave atada con un pedacito de cable. - Y te lo ofrecemos de corazón.
- Lo usamos muy de vez en cuando.- acerca Tuco la bandeja con el café. - Sólo para ciertas reuniones...
- ...con determinados clientes. - Aclara Tico antes que oscurezca y a mí me salga la Romu de bien adentro.
Me desperté a las cinco y algo de la matina y preguntame a qué.
Hace unos años, en plena efervescencia del cable, hubiera prendido la tele a ver alguito hasta dormirme. En estos días vengo a buscar el sueño a la computadora.
- Mi estimada Romualda, lo de usted es tan claro, que en otro contexto hasta daría risa - el Doctor Robinson me mira desde atrás de sus anteojos con culo de botella y su aliento a viudo - pero si arranca con ese rictus me dificulta el análisis.
- Y yo le juro que si se me ríe, le voy a dificultar hasta la masticación - le pongo mi mejor cara número cuatro - mejor vaya al punto y déjese de franela.
- ¿Y no te querés venir a vivir conmigo? - remueve Clarita el té. - De paso compartimos los gastos.
- Clarita, yo tengo hijo y vos marido. ¿De qué me estás hablando?
- Ay, cierto, tengo marido - seca la cucharita en la servilleta - Menos mal que me hiciste acordar.
- Escuché un rumor que no me gusta nada, nada, doña Romu. - deja caer como si nada el sodero.
- No sé de qué me habla, sea más claro - frunzo el ánimo a través del portero eléctrico. - Quiero decir: aclare sin olvidarse de con quién habla ¿eh?
- No se haga la yonofui, que ya es vox populi que se va del barrio.
- Pero a ver, Licenciado, si usted se dejara de macanear, le prestaría un gran servicio a la patria - sacude la ceniza Tuco en un medio cráneo de cliente devenido en cenicero (y no quiero averiguar cómo) - De qué dolo eventual me habla, si el coso está rodeado de otros tres eventuales que se quedan papando moscas?
Reeeeng
Sí, diga...
Cuántos le dejo doña Romualda...
A ver... vino el jueves, estamos a martes, el jueves me dejó cinco y todavía me quedan dos...
Están escabiando fino ¡eh!
Clarita - que tiene la cintura que una desearía en un alter ego - alterna el desayuno entre sorbitos de té con ruido, miradas glaciales y no dirigirme la palabra. Yo miro por la ventana del bar y pienso. Pienso en muchas cosas, algunas inminencias, y también pienso en cómo seguir haciéndome la tonta, y que cuele sin problemas...
A mí, que no pude conocer a Eva Perón, la vida me saturó de Mirta Legrand.
Los domingos y el otoño de mi generación son en blanco y negro. Y ahí, en ese hueco, junto a Grandes valores y la radio ladrándome de fútbol, ahí arranca en mi vida su presencia glamorosa a la hora de almorzar...
-Mirá y ponete verde de envidia... - se me sentó Clarita munida de caja con moño en la mesa del bar - que yo me pienso poner morada, roja y de la tonalidad que se te ocurra.
- ¿Más maquillaje? - sorbí mi té de camomila - ¿Te queda espacio para seguir guardando esas macanas?
- No, no me queda lugar, ni paciencia con vos - sorbió mi té de camomila en un ademán tan rápido que no pude detenerla. - Por eso esto es para tirárselo encima...
Salimos con Clarita a almorzar algo rápido, y el destino nos chocó de jeta contra Tuco y Tico. De esos dos, uno más solterón que el otro. Agreguemos que Clarita retomó aerobics, y está hecha una manzana la muy turra, y háganse una idea de la combinación. Cada dos babas del lado de allá, un corte de rostro del lado de acá, y para este costado de la mesa unos bostezos que ni te cuento...
- Mirá, yo te voy a explicar cómo funciona - me alecciona mi amigo Tuco, abogado, mientras caminamos y no deja de saludar gente a diestra y siniestra- esto es como los estratos geológicos.
- Serán detritos, no estratos - corrige zumbón mi amigo Tico, abogado...
- Mi marido me dijo: o el perro, o yo.
Clarita es mi compañera en el trabajo. Suele desayunar conmigo y no sabés si empezar el día tomándote un café con ella, o tirándoselo encima.