- Y no me acuerdo qué más - me revuelvo en el sillón. Es increible cómo encogen en estos últimos tiempos. - Pero el sueño terminaba con la araña del comedor llena de lapiceras colgando.
- ¿Y eso qué le dice a usted, Romualda? - pregunta el doctor Robinson la mar de inquisitivo.
- Que pierdo muchas lapiceras - ¿me pinté las uñas antes de salir esta mañana? no recuerdo. - Compro de a dos, pierdo de a dos.
En lo que dura este intervalo entre trabajos - ah, sí, me he puesto re-optimista. "Entre trabajos", como cuando era joven decía "entre novios" - he vuelto de alguna manera a mi primera juventud.
Sí: una de las cosas que mi mamá me mandó a estudiar, para mantenerme motivada y sumar puntos hacia un venturoso porvenir, fue aquel cursillo veraniego de la Pitman. Bah, en realidad me llevé física y matemáticas a marzo, y para que no me olvidara y no se repitiera, me mandaron un febrero enterito a teclear.
Mejor que mi madre no se entere, y si el nene le chusmea lo mato. Cuando le cuenten se va a partir de la risa: a las sesenta palabras por minuto ahora les está sacando el jugo el Word.
Existen cosas que no parece, pero te cambian la vida más que los callos o un mal amor. Ahora, igual que en esas dos vicisitudes te das cuenta tarde. ¿Cuándo? Cuando el lavarropas dice basta, el aire acondicionado empieza a toser, tenés que prescindir del cable, o en el colmo de la desgracia, vivís en un cuarto piso y se te corta la luz.
Con Bruno nos llevamos bien. No tenemos ni un sí ni un no. Él a veces se queda acá; yo a veces me quedo en su casa. Sacamos sin consultar al otro un devedé del video club, y nunca falla. Si yo cocino, él lava; yo lavo si le toca cocinar.
Además de tener una conversación natural, los silencios no nos pesan. Él forma parte de mi paisaje, yo de la panorámica de él.
Y ahí me dejó de gustar la historia.
El nene entró a casa un par de días después, no sé si de puntas de pie o como pisando huevos, pero el tema es que me enteré cuando escuché música en su habitación.
Música suave, el jazz que a él le embola y sabe que a mí me gusta. Música como para amansar a la fiera.
- Mamá, te tengo que decir algo - estaba peinadito y todo, y me pareció que se atajaba - pero antes que nada prometéme que no te lo vas a tomar como de costumbre.
El nene me dejó la facultad.
No sé si morirme, o matarlo primero y después morirme en paz. Estoy con los nervios de punta, con los pelos de punta y con muchas ganas de agarrarlo a puntapies, por decir en fino que le reventaría el culo a patadas.
Encima, lo peor, es de la manera en que me enteré.
Estoy escribiendo cada vez menos, y no porque tenga menos cosas que contar. Estoy cansada, muerta, molida. Estoy para que me hagan hamburguesa sin pasarme por la picadora. Así como estoy; así nomás.
Capaz que es la edad que me está achacando más de lo que yo creía, pero no me quedan ya no digo fuerzas, sino ganas de hacer nada cuando llego a casa y me recuesto en el sillón.
El gerente me encargó unos trámites y ahí va la Romu como una escolar, contenta de salir un poco al aire libre, como si por eso fuera a ser menos esclava.
Pero quiere la naturaleza, que está en todas partes y no tiene horario comercial, que se descuelgue del cielo una llovizna, de esa que al principio te gusta porque te hace sentir plantita debajo del rociador.
- Romi, esta relación no va a ninguna parte.
Ya es increíble que un tipo después del asunto no se duerma. Imaginate que además le dé por la conversación.
- Perdón, pero esa línea me correspondería a mí. - me dí vuelta y me tapé hasta las orejas - Y ya ves que no la estoy diciendo.
Tengo una amiga que la está pasando mal.
Y no, no es la típica salida evasiva esa de decir "tengo una amiga" para no decir "a mí me pasa tal o cual cosa". No. En este caso tengo una amiga que la está pasando verdaderamente mal.
Y como no sé qué hacer ni cómo ayudar, y los consejos de nada sirven - una amiga que da consejos más que amiga es una boluda - ya que tengo esta ventanita mínima, se me ocurrió escribirle desde acá.
Puedo ir al trabajo con mala voluntad; al fin y al cabo la mala voluntad es esencial para el trabajo. Puedo pasarme semanas sin ir a la peluquería, meses sin comprarme un trapo nuevo, no encontrar un depto más chico que el que tengo y al alcance del bolsillo, en fin.
Puedo estresarme por un montón de cosas y seguir siendo una leidi.
Pero no tolero escribir mal y que me lean, así que tomé una decisión.
Necesito vacaciones.
Me vengo levantando muy temprano y muy al vicio, ya que antes de cierta hora no tengo nada que hacer.
Y quedo así, con los ojos que se niegan a aparecer del todo, mirando un techo que sé que es blanco...
1. La libertad de dormir con una mujer en tu pieza, en MI casa, se extiende solamente a tu novia. Entiéndese por novia a la mujer con la que mantengas relación durante por lo menos seis meses, preferentemente la Leti. Toda intentona de introducir solapadamente otra a pasar la noche en tu cuarto, en MI casa, será penada severamente. Y cuando digo severamente, vos me conocés.
El viejo de la oficina perdida ordenaba distintos tipos de adhesivos y los disponía por tamaño en una caja de cartón.
- Usted sabe lo que tiene que hacer - me dijo sin levantar la vista ni abandonar la parsimonia - No hace falta que venga a preguntarme. Y mucho menos antes del horario comercial...
Por lo general tengo una vaga idea de las cosas. Pero es tan vaga, que no se toma el trabajo de terminar el concepto. Eso se estira a otras esquinas de mi vida. No sé si la fiaca me acompaña desde siempre, pero de un tiempo a esta parte me descubrí hecha una ociosa...
Cómo me gusta limpiar. Y lavar los platos, ni te cuento. Soy un Terminator en acción cuando agarro la escoba y el plumero. Me apasiona - así lo han entendido en esta casa - recoger el desorden propio y ajeno, convertir una covacha impresentable en un lugar digno para vivir...
¿Qué clase de vida estoy llevando? No es lo mismo hacerse esa pregunta contemplando el ocaso, que llorando como la magdalena mientras se pela una cebolla. A mí la cebolla me repite. Y me repite la misma pregunta: "¿Qué hiciste de tu vida?"
Hoy me levanté cruzada, así que me puse a hacer milanesas. Fui a la carnicería, compré los cortes más duros, y los hice filetear en bifes gruesos. Puse la tabla encima de la mesada de aluminio y le entré a dar. Subía y bajaba el martillo de madera con la furia de una sentencia...
Y como si el domingo fuera poco, cayeron las tías de visita. Llegaron como siempre, con menos ímpetu que un huracán, y se instalaron toda la tarde a tomar mate. Con lo que odio el mate. Pero si encima lo declaro se produce del cisma familiar y se nos viene la cena invocando costumbres patrias y ventajas diuréticas