-¿Vas a hacer torta, tita Romu?
-¿Querés que haga torta?
- ¡Claro! Sin torta no es cumpleaños.
- ¿Y de qué querés la torta?
- Ay, tita. Las tortas de cumpleaños son de chocolate. Con crema arriba. Y un adorno de los Simpson o de Floricienta.
Ayer estaba llenando el termo de café para otra trasnoche de tipeo, y va y suena el teléfono.
- Buenas, ¿usted es la que corrige textos?
Voz de varón. Me pilló en frío, y eso que hacía un calor de aquellos.
- Depende ¿usted es de la RAE?
Estaba desmalezando spam, cuando me encontré un comentario relativamente nuevo en un texto cuya fecha arqueológica data de hace más de dos años. Por ese entonces yo era una optimista de la tecnología, le metía juguetitos a la página y hasta tenía contador de visitas. Después me fui dando cuenta que el camino a la heladera está directamente relacionado con andar contando comentarios, así que de a poco me fui despreocupando, hasta que ya casi ni me importó. Ni la tecnología es lo mío, ni me gusta demasiado la palabra "blog".
Ufa, ya sé: ahora se me van a venir encima tachándome de arrogante. Y bueno: mala suerte.
Hubo un momento en que no alcanzó un solo sueldo y tuve que salir a trabajar. Yo había hecho algunas cosas antes, pero cosas de estudiante, y para colmo, de letras. Mi papá no estaba muy conforme con que me metiera en una facultad de melenudos y drogadictos, así que me pasaba poco y nada de ayuda, y yo con algunas changuitas me daba vuelta como diputado después de la elección.
Pero con el nene la cosa era otra cosa. Algo sólido como el vacío de la olla a la que me asomaba todos los días a ver si tenía novedades, y nada. Cuando mirás la batería de cocina, la batería de cocina te devuelve la mirada.
Había salido corriendo de un bar en medio de la lluvia. Tenía esa edad en que el pelo es un estado de ánimo que no exige el mantenimiento de una cintura pos parto, y a la tristeza le escapás corriendo y destrozando charcos a saltos imposibles. Yo no lo sabía , claro, pero en la silla vacía del bar se había quedado el final de una de mis vidas, y ahí, apretada bajo la escasa marquesina de La Casa de los Botones, con la cara mojada no por lluvia, una nueva estaba por empezar.
Iba a costarme más de veinte años tomar envión para escapar pisoteando otros charcos, esta vez llorados sin apuro. Pero claro, eso tampoco lo podía saber.
- Sacáte eso, gorda - dicho entre risas. - Ya no tenés 15 años.
¿Cuándo se empieza a descomponer el pescado? ¿en qué minuto entra la crema de leche en vencimiento? ¿a partir de qué instante la salsa de tomate se vuelve mortal?
Cuando huelen no, eso está claro. Cuando el tufo te envuelve como una bufanda barata es porque la cosa ya hace tiempo que se murió.
No me gusta mirar las fotos viejas porque me empiezo a dar manija.
Ayer buscaba unos papeles para uno de esos trámites que ya te ponen de muy mala voluntad saber que tenés que hacerlos sí o sí, y de la nada me saltó el álbum de fotos, de cuando me daba por ordenar las fotos en albums.
Y siempre me pasa lo mismo: agarro cualquiera de las fotos y empiezo a imaginar y a hacerme mala sangre.
Hoy justo que salía de la peluquería se largó a llover. Y se largó a llover con ganas, con muchas ganas de arruinarme el pelo, el trajecito y el presupuesto del mes.
Me di cuenta que estaba adentro de un bar, cuando el mozo me trajo el té y las Bay Biscuits, porque lo que es yo, ni me acordaba de cómo hice para entrar, y si corrí, salté o pisoteé a alguien para no mojarme.
Entre esas formas de clasificar a las personas, que cada tanto aparecen en el Para Tí, está eso de que la gente se divide en dos: la del mate y la del café. Y yo soy del café.
Claro, es demasiado tajante dicho así. También me gusta el té, y distintas infusiones y menjunjes que van de la Coca Cola a la Hesperidina.
¿Pero a cuál de las dos necesitás agarrarte cuando empieza el día? Ahí está el tema.
Y yo que soy del café, hoy agarré y arranqué con unos mates.
Un poco porque andar a contramano es mi designio, otro poco porque las fiestas ni me van ni me vienen, como ya expliqué, me olvidé de poner por escrito esta historia mínima que tenía guardada en algún diskette de la memoria.
Pero como esta es mi casa y se come a la hora en que yo sirvo la mesa, acá va, para que la disfruten en pleno calor de enero.
No es difícil, cierren elos ojos y viajemos en el tiempo a... menos de quince días atrás. Trece días y unos cinco años, para ser exactos de toda precisión.
Y si no les gusta, vayan y lean a Dickens, que no muerde.
¿Por qué los acuerdos que hacen otros me tienen que decir cuándo hacer mis cuentas?
No señor. Para mí el año empezó el día que me senté a escribir.
En un día como hoy, hace cuarenta años, llegué al mundo a molestar.
El año pasado, cuando cumplí cuarenta fui muy clara: "aquí me planto". Y hoy, a mis cuarenta años de nuevo, estoy como desde hace un tiempo para esta misma fecha. No sabiendo si festejar, largarme a llorar a gritos, o cerrar la casa con llave y derramarme una botella de champán en un rincón.
¿Por qué tanta alharaca con el cumpleaños, digo yo?
Crecí mudándome de barrio varias veces. No tengo recuerdos de uno en especial al que pudiera considerarlo como mío. Hay una niebla borrosa y habitaciones donde se armaban y desarmaban cajas, hasta que acabamos en un último lugar, en la periferia urbana. Un barrio con el cielo de metal y gente que ya nacía triste...
Mi hermano la sentó a la nena sobre los hombros, y ahí vamos a la plaza, al acto de los Organismos. Él va adelante, con mi sobrinita a turucuto (tendré que aclarar que a babuchas, por si algún porteño me lee) y yo me voy quedando atrás pensando en toda la gente con que no me voy a encontrar.
Cuando yo era chica, los padres te mandaban a hacer cosas. Que música, que declamación, que talleres de lo que sea. Y si sobraba un hueco había que hacer inglés, sino vas a ser nadie. Fue una época, toda una generación la mía de cobayos de la pedagogía y la ansiedad paterna.